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Javier Bardem



Javier Bardem




Fue dibujante, fue bailarín de strip-tease, fue jugador de la selección española de rugby. Hizo todo esto y más, pero no pudo –y finalmente, tampoco quiso- escapar de su destino. Un destino que, como el personaje que interpreta en Perdita Durango, estaba marcado por su linaje. Como Romeo Dolorosa, nieto de una bruja del Caribe y por ello destinado a ser santero, morir con dignidad y recorrer por siempre las playas convertido en jaguar; Javier Bardem, el menor de la cuarta generación de un clan tradicional del espectáculo español, sólo podía ser actor y volverse inmortal en una pantalla de cine.

Había pasado por varias series de TV, pero debutó en la pantalla grande cuando Bigas Luna lo eligió –dicen que por causa de su nariz rota, que le otorgaba un aspecto bestial- para el papel de un asesino pervertido y sádico, una joyita que el personaje de Francesca Neri encuentra en el fondo del abismo de depravación y locura por el que transita en Las edades de Lulú (1990). Siguieron varios papeles secundarios –entre ellos, una aparición breve en Tacones lejanos(1991) de Pedro Almodóvar- hasta que en 1992, nuevamente bajo la dirección de Bigas, le llegó su primer protagónico en Jamón, Jamón. En medio de un grupo de personajes regidos por el deseo y conducidos por los instintos más básicos y animales, Javier Bardem le da vida a Raúl, un chico cuya mezcla de inexperiencia, torpeza, ambición y explosiva sensualidad enloquece a sus mujeres y conduce a todos a la tragedia total. Un toro bravío que termina sucumbiendo en su propio desenfreno, encandilado por el manto púrpura que tan virilmente maneja él mismo en la escena más elocuente del film. La película ganó el León de Oro en Venecia, e instaló a su protagonista en el sitial del típico “macho latino”. Luna y Bardem se encargaron de confirmar esa imagen en Huevos de oro (1993), en la que el actor interpretó a un especulador inmobiliario desbordado por su voracidad sexual.

A partir de entonces Javier Bardem tomó vuelo, y ya no hizo más que subir. El detective y la muerte (1994), dirigida por Gonzalo Suárez, es un cuento sobre la vida, la muerte, el bien, el mal, y tantos temas tan trascendentes que terminan desbordando al film, poblándolo de frases grandilocuentes que no encuentran un correlato auténtico en la trama. Una ciudad devastada por la guerra, un poderoso impune que pretende conquistar la inmortalidad, una mujer simple capaz de enfrentarse a todo por la vida de su hijo y un hombre –el detective del título- que se redime dando su vida a cambio de otra. Javier es este hombre, Cornelio, y las escenas que comparte con María de Medeiros son lo más creíble y humano de este improbable relato.

Días contados (1994), dirigida por Imanor Uribe, es un acercamiento al terrorismo desde un punto de vista poco habitual. Antonio (Carmelo Gómez), líder de un comando de ETA que desembarca en Madrid para perpetrar un atentado, se involucra con su vecina Charo (Ruth Gabriel) y no logra evitar que sus emociones y sentimientos interfieran en sus planes, lo cual pone en riesgo toda la operación. Javier Bardem interpreta a Lisardo, un adicto a la heroína, amigo de Charo e informante de la policía. Marginal y perdido sin remedio, de permanente deambular, absolutamente dado vuelta por la droga en todo momento, Lisardo es irritante y simpático a la vez, y una bisagra importante en la historia.

Por estos dos trabajos el hombre ganó la Concha de Plata al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián –su primer gran premio internacional-, además del premio Goya al mejor actor por Días contados.

Más allá de que Boca a boca (1995) es una película dinámica y lúcida, que homenajea con gran altura a las comedias de enredos clásicas, Manuel Gómez Pereira tiene el gran mérito de haber apostado a Javier Bardem para ese género. Quizás por “esa cualidad de las viejas estrellas de cine y ese tipo de rostro trágico” que John Malkovich describiera años después, o bien por esa pena interior tan suya que varios de sus directores se han encargado de señalar, esta es la única oportunidad en que Javier protagonizó una comedia (participó en otras, pero realizando colaboraciones o papeles secundarios). En Boca a boca se luce en el papel de Víctor Ventura, un joven aspirante a actor que se gana la vida trabajando en una hotline y termina cayendo en las redes de una profesional de la mentira (Aitana Sánchez-Gijón), que lo envuelve en una maraña de equívocos, engaños y huídas. Su Víctor es ingenuo, fresco, gracioso, y hasta canta y baila para un casting “Make ‘Em Laugh” casi tan bien como Donald O’Connor en Cantando bajo la lluvia. Por este brillante trabajo obtuvo su segundo Goya, esta vez como mejor actor principal.

Al año siguiente, Mariano Barroso lo dirigió en Éxtasis, un drama sobre la identidad, los lazos filiales y la construcción de la realidad. Javier es Rober, un veinteañero cínico que toma el lugar de su amigo Max (Daniel Guzmán) para sacarle dinero al padre de éste, Daniel (Federico Luppi), que no ve a su hijo desde niño. Las cosas se salen de curso cuando padre y falso hijo se adoptan mutuamente al punto tal que Rober comienza a vivir la vida de Max, a disfrutar del progenitor, a actuar en su compañía de teatro y hasta a tomarle cariño. A representar la vida, en definitiva, y a gozar de la farsa. La trama es rica y muy tensa, y el doble duelo actoral Daniel-Rober y Luppi-Bardem es algo digno de verse. Daniel es frío y cruel, pero se deslumbra ante la idea del hijo reencontrado. Rober es cerebral, pero se deja seducir por la posibilidad de construir para sí mismo un pasado del que carece por completo, y termina perdido en la locura de estar viviendo una vida que no es la propia. Dos titanes se debaten en un film muy complejo y logrado, en el que además Javier Bardem se rompió los tendones de su mano derecha durante un accidente en la filmación.

Después llegaron Álex y Romeo. Los personajes de Álex De la Iglesia tienen algo que hace que puedan cometer las mayores atrocidades del planeta, y sin embargo los miremos con indulgencia y les perdonemos sus pecados. Tal vez es el sórdido humor negro del director, tal vez es que el mundo políticamente correcto que los rodea es diez veces más vil que ellos, o tal vez es que encarnan la peor parte de nosotros mismos. En cualquiera de los casos, Perdita Durango(1997) es el trabajo más salvaje del realizador, y el que en algún momento declaró su preferido. Javier Bardem es Romeo Dolorosa, el compañero de Perdita (Rosie Pérez) y verdadero protagonista del film; un ladrón de caminos, traficante por encargo, profanador de tumbas, santero y brujo. Un tipo de dimensiones casi mitológicas, conectado con la magia y destinado a perpetuarse en la piel de un jaguar después de su muerte. Un tipo con una extraña dignidad, que nunca rompe una promesa y no deja cuentas pendientes. Un hombre de honor. Claro que también un violador y un asesino brutal. ¿Cómo describir a Dolorosa? Un personaje inabarcable, bestial como pocos, noble como ninguno. Nadie más que Bardem –que aquí volvió a accidentarse debido a una falla en los efectos especiales- podría haberse echado encima a semejante individuo, tan excesivo y tan justo al mismo tiempo. La película es una alocada road movie que juega con convenciones y lugares comunes –la familia americana tipo, los policías fronterizos, el investigador con siete vidas- y hasta parodia a El Padrino a la hora de retratar una organización mafiosa. Sin desperdicios, aunque no recomendable para la abuelita.

También en 1997 llegó para Javier Bardem el primer protagónico a las órdenes de Pedro Almodóvar. Carne trémula es una película inusual dentro de la filmografía del famoso director de mujeres atribuladas, porque constituye una incursión en el género de suspenso y porque es una historia de personajes masculinos fuertes. Javier Bardem es David, un policía que queda paralítico al recibir un tiro en un confuso episodio que involucra a su compañero Sancho (José Sancho), la prostituta Elena (Francesca Neri) y el repartidor de pizza Víctor (Liberto Rabal). Si la silla de ruedas no logra quebrantarlo –se convierte en estrella del básquet y se casa con la chica de aquella noche- , es el pasado el que se vuelve en su contra cuando Víctor, injustamente culpado por el incidente, sale de la cárcel y regresa para poner en descubierto una vida construída en base a silencios, ocultamientos y falsos culpables. Javier Bardem encarna a la perfección tanto la discapacidad física de su personaje, como el cambio de ánimo de David, cuya bonhomía inicial se va esfumando cuando ve amenazada la estabilidad de su vida, tornándose obsesivo y letal.

El año 1999 fue uno de reencuentro con dos antiguos conocidos, ninguno de los cuales alcanzó el nivel de los trabajos anteriores. En Los lobos de Washington, dirigida por Mariano Barroso, Javier Bardem es un alcohólico sin rumbo que ha perdido todo y, no obstante, conserva una cierta inocencia, un sentido de la fantasía y la felicidad representado por el circo que le da nombre al film, una confianza infantil en el mundo que lo rodea y que no deja de defraudarlo. La película intenta construir una historia circular de traiciones y engaños, pero es fallida por donde se la mire: es oscura sin lograr ser realmente sombría, es confusa y enrevesada y los personajes –buenas actuaciones desaprovechadas- andan como extraviados, sin encontrar un hilo conductor ni una razón de ser.

Entre las piernas, de Manuel Gómez Pereira, es un thriller erótico que Javier Bardem coprotagoniza con Victoria Abril. Javier y Miranda son dos adictos al sexo que se conocen en una sesión de terapia para luego volverse compañeros y amantes y enfrentar juntos sus respectivas historias que incluyen el marido policía de ella y el asesinato poco claro de un viejo conocido de él. El director vuelve a trabajar sobre la idea del victimario que se transforma en víctima y de una realidad en la cual nada es lo que aparenta. Una película entretenida pero no imprescindible. De todos los descriptos, este es el personaje más llano y con menos matices que interpretó Javier Bardem.

Segunda piel (2000), dirigida por Gerardo Vera, se basa en la experiencia real del propio director y es la historia de amor entre Diego, abierta y asumidamente homosexual, y Alberto (Jordi Mollá), incapaz de definir sus sentimientos y escindido entre su familia y la pasión por un hombre. Alberto es un torturado que no puede enfrentar ni exteriorizar sus inclinaciones sexuales, frustrado desde todo punto de vista por haber sido toda su vida un mero reflejo de lo que los demás esperaban de él. Diego es el amante enamorado, el que pide, espera, observa, soporta. El que sufre. Tiene en la mirada devoción y dolor por el sentimiento sólo a veces correspondido. Y en especial, tiene en esa mirada de amor una intensidad y una vulnerabilidad que pocas veces he visto en un romance de película. Mollá y Javier Bardem están impagables en sus papeles, y son correctamente acompañados por Ariadna Gil (la esposa de Alberto) y Cecilia Roth (la amiga de Diego).

Si hasta que protagonizó Antes que anochezca (2000) Javier Bardem no era demasiado conocido para muchos, ello se debe a la miopía generalizada y no a otra cosa. El tipo era un monstruo antes de la película de Julian Schnabel y lo siguió siendo luego, en igual dimensión. Pero lo cierto es que la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia y las nominaciones al Globo de Oro y al Oscar (premios que no obtuvo: otra vez, la miopía) le dieron especial repercusión a su personificación de Reinaldo Arenas, escritor homosexual cubano que fue perseguido y ultrajado por el régimen de Castro, escapó a los Estados Unidos y terminó poniendo fin a su vida cuando se encontraba enfermo de SIDA en fase terminal. Bardem construye su personaje desde las expresiones del rostro, la postura corporal, el modo de caminar, la gestualidad. Su Reinaldo tiene una hondura notable y crece, evoluciona a lo largo del film, desde una homosexualidad tímida y reprimida, pasando por una fase lúdica de explosión sexual, hasta llegar a la decepción por la traición de los ideales, la impotencia del encierro, el vacío y el rencor del exilio. Todo está ahí, dentro de él, aún cuando algunas líneas molesten, cuando el guión sea por momentos inconexo e incoherente, cuando la mezcla del español y el inglés sea totalmente arbitraria.

A modo de “terapia tras los Oscars”, Javier Bardem se encontró con el director Fernando León de Aranoa para coprotagonizar junto a Luis Tosar, José Ángel Egido y Enrique Villén, entre otros, una película coral sobre la desocupación y los estragos que ésta provoca en el ser humano titulada Los lunes al sol (2002). Un grupo de cuarentones que han quedado desocupados a raíz del cierre de un astillero enfrentan de diferentes y singulares maneras la inestabilidad y la degradación paulatina que les significa la pérdida del trabajo. Javier Bardem es Santa, el gruñón, el reaccionario, el pícaro del grupo. Es el que menos responsabilidades tiene por asumir, y es el que interpela, cuestiona, se rebela contra la realidad. También es el que todo observa y todo lo abarca: Santa es en cierta forma la mirada del director, que lo ha despojado de “infiernos concretos” para hacerlo testigo del infierno de todos. Por este rol Javier se llevó el premio Goya como mejor actor.

John Malkovich había elegido a Javier Bardem como protagonista de su debut directorial aún antes que Julian Schnabel. Sendero de sangre (2002) –The dancer upstairs, su título original- está basada en la historia real de la captura del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, y Javier Bardem es Agustín Rejas, el policía que persigue y finalmente atrapa al líder guerrillero. Rejas es un buscador incansable de la verdad: otrora abogado, ha dejado esa profesión en la que la verdad es permanente objeto de manipulación para encontrar “una manera más honesta de practicar el derecho”. Es enemigo de todas las dictaduras y autoritarismos, es un hombre que anda tras algo perdido –sus campos alguna vez confiscados, su matrimonio invadido por la superficialidad, o quién sabe qué-. Un ser incompleto con una profunda nostalgia en la mirada. Todo esto transmite Javier Bardem desde su actuación, aún a través del incómodo corset de un inglés que evidentemente no maneja del todo.

Para la época en que su nombre estaba en el candelero a raíz de la historia de Reinaldo Arenas, Steven Spielberg –impresionado por su rol en Perdita Durango- le había ofrecido un papel en Minority report, que Javier Bardem rechazó porque “no veía al personaje por ningún sitio”. Sin embargo, admirador de Michael Mann, el año pasado lo vimos en Colateral, en una aparición de poco más de cinco minutos, poniéndose el traje del narcotraficante mexicano que contrata a Vincent (Tom Cruise) para matar a quienes habrían de testificar en su contra. Finalmente no tuvo que perseguir a Cruise por los tejados, sino que lo contrató como asesino a sueldo. El mercado americano lo acecha, pero por el momento Javi manda y elige con cuidado.

Ahora vuelve para redoblar todas las apuestas. Acaba de llegar a nuestras pantallas Mar adentro, dirigida por Alejandro Amenábar, donde el temerario español interpreta a Ramón Sampedro, un marinero que queda tetrapléjico y pasa años luchando por el derecho a decidir sobre su propia muerte, intentando que la justicia le reconozca la posibilidad de acogerse a la eutanasia. Con Sampedro en la piel ya ha conquistado nuevamente la Copa Volpi en Venecia, el premio Goya al mejor actor y una nominación para el Globo de Oro como mejor intérprete dramático, que otra vez le fue esquivo.

Vendrán decenas de premios más. Pero lo principal es que vendrán otros tantos papeles maravillosos, cada uno de los cuales encarnará Javier Bardem con la misma convicción y entrega. Lo que hace de Bardem un actor descomunal es el modo que tiene de recrear cada personaje, de hacer suyas sus palabras y sus experiencias, de traducir en el cuerpo y en la mirada su pasado y su presente. No importa cuán buena o mala sea la película, a los roles que Javier interpreta les corre sangre por las venas, tienen los pies en la tierra, tienen objetivos y razones que exceden las líneas del guión, tienen una interioridad que sobrevuela la historia y que va más allá, haciéndolos perdurables en el tiempo y el recuerdo.

Así quedará él. Perdurable e intenso. Viviendo y muriendo mil veces en diferentes pieles. Reinventándose siempre en una nueva creación que lo lleve a la cima de los elegidos, en un vuelo que parece no conocer límites.



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