Duración: 149 min.
Género: Drama
Director: Roman Polanski
Reparto: Adrien Brody, Emilia Fox, Michal Zebrowski, Ed Stoppard, Maureen Lipman, Frank Finlay, Jessica Meyer.
Varsovia, 1939. Las primeras bombas nazis estallan sobre la ciudad. Todos entran en pánico... menos uno: Wladyslaw Szpilman, joven y eximio pianista judío que está ofreciendo un concierto en vivo por Radio Varsovia. Wladek, que así lo llaman, no se mosquea por las bombas y, a decir verdad, ninguna otra cosa que su devoción visceral por la música parece inquietarlo. Será por eso que poco después, cuando los nazis ocupan Polonia y empiezan a apretar las clavijas sobre los judíos, Wladek pronuncia una frase tan serena como insólita: "Yo no me voy a ninguna parte".
Apoyado en la historia real de Szpilman y en la autobiografía escrita que la compila, el film de Roman Polanski se ocupa de dos cuestiones: el calvario personal del pianista y el Holocausto polaco. Szpilman pasó varios años con toda su familia en el Gueto de Varsovia: unas pocas manzanas edificadas en las que los nazis hacinaron a medio millón de judíos, una antesala de la muerte en la que las vejaciones y los fusilamientos improvisados eran moneda corriente. Cuando llegó la hora de partir en uno de esos trenes con destino a las cámaras de gas, un antiguo amigo, miembro de la policía judía del gueto, le permitió permanecer allí, entre los "privilegiados" miembros de una fuerza de trabajo esclavo. Sus padres y hermanos abordaron ese tren. Más tarde consiguió escapar del gueto para ocultarse en diversos lugares de la capital polaca, todos ellos muy riesgosos, en este caso con la ayuda de ciertos miembros de la Resistencia.
Lo original, en términos de producción, es que Polanski vuelve a poner sobre el tapete al Holocausto sin salir de una ciudad, sin recurrir a una sola imagen de los campos de concentración. En términos temáticos, lo original es que la supervivencia de Wladek en el infierno nazi está asociada a su condición de músico, o en otras palabras: a la idea de que un raro azar, en ciertos casos, puede salvar la vida de un artista. Este es el puente entre Szpilman y Roman Polanski. Roman también es judío polaco, estuvo en Varsovia en el ’39 (tenía 6 años), y tal vez presienta que, más que las familias adoptivas que lo escondieron en su seno, lo que le permitió esquivar una muerte segura tiene que ver con su condición de artista en ciernes. O si se quiere, con su misión artística.