La historia de Selma es la de una inmigrante checoeslovaca en los Estados Unidos. Allí vive en un "trailer" que le alquila a una pareja amiga. El es policía y ella, un ama de casa a la que le gusta darse todos los gustos. Selma trabaja en una fábrica y su mejor amiga, Kathy, la ayuda y la protege. Selma es madre soltera y todos sus ahorros, producto de su trabajo, son para operar a su hijo de 13 años que heredará su propensión a la ceguera. De a poco la joven mujer va perdiendo la vista. El policía amigo se entera de que Selma guarda dinero, se da cuenta de que está casi ciega y se aprovecha de esta circunstancia para robárselo. Esto desencadena el drama. Y Selma ya no podrá escapar a su fatal destino si quiere que su hijo pueda llegar a la operación y superar así la enfermedad que es congénita.
A esta síntesis argumental, la sobrevuela todo el tiempo el mundo de la música. Selma es amante de los musicales de Hollywood. Y está por debutar en la versión amateur de "Sonrisas y lágrimas", a cuyos ensayos la lleva Kathy, mientras la espera su amigo Jeff. Su ceguera y su escapismo constante hacia canciones y bailes, con los que sueña cada vez que la realidad la golpea, le traerán los sinsabores más crueles.
El sufrimiento de la heroína será el del espectador. La penúltima canción, ésa que amaba tanto Selma porque "en los musicales no pasa nada malo y hay que irse antes de que terminen", será a su vez la última. Sin duda, la música cumple aquí con uno de sus objetivos fundamentales: embellecer la vida, derribar discriminaciones y fronteras. Y ser el único pasaporte hacia el Más Allá y no hacia la muerte, subtexto constante de Lars Von Trier en este film, donde reluce un romanticismo más cercano al Charles Chaplin de "Tiempos modernos" que al "West Side Story" de los 60 del siglo XX, dentro de un surrealismo escenográfico, talentoso y, por momentos, fascinante. Para agendar.