Hace años que Michael Haneke, director alemán, filma en Francia. Daniel Auteuil y Juliette Binoche componen una pareja de intelectuales -él presentador de un programa literario en TV, ella editora de libros- que ven alterada su tranquila vida burguesa al recibir unos videos de origen anónimo, que demuestran que están siendo vigilados por alguien que conoce secretos del pasado de ambos. Posteriormente, la llegada de unos dibujos ominosos convierte la situación en una amenaza. Se desata entonces una paranoia que desespera a los protagonistas -y al espectador- en un thriller que vira hacia el planteo político y social. La situación límite pone al desnudo la mala conciencia de la sociedad francesa hacia los inmigrantes sobre los que ha aplicado los mecanismos del poder, en este caso un argelino a quien el protagonista ha maltratado abusivamente en su infancia, borrando ese recuerdo de su conciencia. En otra ocasión, un encuentro casual pone en evidencia toda la agresividad del protagonista hacia los extranjeros. El caso particular funciona como una parábola ética sobre el temor de la Francia conservadora hacia un sector que ha quedado postergado, el temor a una violencia que la misma sociedad ha gestado y sigue alimentando, aunque prefiera no reconocerlo, ni recordarlo, ni hablar de su propia culpa.
Es muy claro el contraste entre la vida satisfecha y organizada de esa familia (Haneke ironiza sobre el consumo de cultura, con las paredes del comedor cubiertas de libros uniformemente alineados, y videos inofensivos en otros estantes) y la desarticulación -de ese orden- que empiezan a sentir. La intrusión agresiva pone también en descubierto la fragilidad y los desencuentros de esa familia: la desconfianza entre la pareja, la mentira y la traición, y el progresivo alejamiento del hijo adolescente, encerrado en un rencoroso mutismo.
El film propone la falta de certidumbres, en los diversos planos. Esta se trasluce en el estilo de Haneke, íntimamente implicado con la trama: sus habituales planos largos fijos para cada escena reproducen el estilo de la cámara sorpresa que espía a los protagonistas, de manera que el espectador nunca sabe con certeza si lo que está viendo no está siendo filmado, en la realidad de la ficción, por esa misma cámara; si es un film dentro del film, o no lo es. Pocas veces el espectador puede tener semejante evidencia de su condición de voyeur. Debo referirme al plano final, pues pone en evidencia la resistencia de Haneke a dar respuestas; muy por el contrario, y lejos de hacer concesiones, plantea interrogantes sobre el lugar de la víctima y del victimario.