Es vox populi que el Get Smart de Brooks/Henry nació como una sátira estadounidense a ese flemático héroe británico llamado Bond, James Bond (007 pa' los amigos). La rivalidad entre rusos y americanos en una época especialmente espesa en conflictos internacionales le dio un contexto histórico inmejorable a la eterna confrontación entre Control (los "buenos") y Kaos (los "malos"). La serie desparramaba con generosidad situaciones y diálogos delirantes mediante las buenas artes de un plantel de actores inolvidables (entre ellos Barbara Feldon como la 99 y Edward Platt como el Jefe).
En el filme de Peter Segal nos encontramos con intérpretes por demás heterogéneos: un comediante de primer nivel como Steve Carell, una actriz joven en ascenso como Anne Hathaway, un ex luchador de catch empecinado en demostrar que es capaz de actuar como Dwayne "The Rock" Johnson, un actor de carácter ganador de un Oscar de la Academia como Alan Arkin, un inglés inexpresivo como Terence Stamp -que alguna vez se dio el lujo de trabajar para Pier Paolo Pasolini, William Wyler y Ken Loach antes de caer en picada absoluta-, un breve papel (patético por cierto) para James "Sonny Corleone" Caan, más la participación del japonés Masi Oka (Hiro Nakamura en la serie Héroes) y un cameo glorioso a cargo de Bill Murray. Alan Arkin le da un perfil demasiado realista a su personaje del Jefe (no logra hacer olvidar a Platt), Hathaway desborda energía sexual en otro típico y discutible aggiornamiento de guión (Feldon no requería de tanta audacia para seducir) y "The Rock" arranca con todo pero se va desinflando de a poco. De Carell ya se dijo: el tipo es talentoso aunque el guión no lo favorezca.
Steve Carell asume el rol de Max con su inapelable dominio del género en el cual, además de rendirle un homenaje al viejo actor de la serie, aporta su propia visión del personaje. El inconveniente para los seguidores más fanatizados de la legendaria creación de Mel Brooks y Buck Henry (quienes han sido acreditados por la producción como consultores) radica en que este flamante 86 parece Albert Einstein en comparación con el de la década del sesenta. Se mantiene inalterable su torpeza y luce atropellado como el que más, pero aquél agente del siglo XX jamás podría haber traducido una conversación en ningún idioma extranjero ni demostrado la agilidad mental del que hace gala el actual en más de una escena. Está bien, puede conjeturarse que estamos ante una reinterpretación del personaje para un público joven.