Gomorra no sólo hace alusión -implícitamente- a aquella mítica ciudad bíblica, sino que encuentra en el barrio periférico de Scampia su reflejo. Este pequeño infierno, abarrotado de monoblocks, sumido en una atmósfera lúgubre y sucia donde la vida no vale un centavo, es el escenario residual donde deambulan personajes de toda calaña, atados a un círculo vicioso del que sólo se sale una vez que se traspasa la frontera entre la vida y la muerte.
No hay escape en Scampia pareciera sintetizar cada plano riguroso, en los que el realizador evita el pintoresquismo y lo reemplaza por un registro que coquetea en forma constante con el documental de observación para adentrarse en el submundo de la mafia, primero desde la periferia y luego desde adentro. Esa apuesta al realismo crudo es lo que hace de este fresco coral una película diferente que trasciende el imaginario de los films de gangsters sin olvidarse en ningún momento de mantener un ritmo en constante cambio lo suficientemente poderoso para sostener la tensión hasta el último minuto.
Por otro lado, Garrone no se ata a la primera persona de la novela (Best Seller de Roberto Saviano) ni cae en la tentación de la voz en off para explicar una trama, que gracias a su complejidad lo obliga a nutrirla de personajes y situaciones, así como de pequeñas subtramas que ayudan a completar el rompecabezas. Pero no debe entenderse esta idea de rompecabezas como la fragmentación del relato, sino que se trata de la exposición de una serie de elementos o tópicos: la lealtad y la traición; la ambición y la tentación; los ritos de iniciación y la paulatina transformación económica a partir de la dinámica cotidiana de un suburbio de Nápoles.