Leonera cuenta la historia de Julia Zárate, una mujer joven, de clase media, acusada de matar a su novio luego de encontrarlo con otro hombre en su cama. Una mujer que, mientras espera la resolución del caso en la prisión, dará a luz a un niño y luchará para poder criarlo entre rejas.
Julia pasa de ser una chica insegura de clase media a una presidiaria a la par de sus compañeras, de una embarazada que odia lo que lleva en el vientre a una madre inseparable de su hijo, de una heterosexual que rechaza a su pretendiente femenina a una lesbiana consumada y enamorada. Nunca sabremos por qué ocurren esos cambios en su persona. Lo aceptamos gracias a una gran actuación de Martina Gusmán, que logra hacer convincente cada nueva actitud de su personaje, pero la falta de potencia dramática de la narración de Trapero hace que todo pase delante de nuestros ojos como una serie de fotografías. Y sabemos que el cine es mucho más que eso. Hay un lenguaje que se monta en un dispositivo técnico y lo convierte en arte. Ese lenguaje no se desenvuelve plenamente en Leonera, cargada de un ascetismo que no se corresponde con la trama.