Ojos bien cerrados será un film desencantado, oscuro, pesimista. Lo que nadie le puede negar es la enorme tensión que edifica sobre aquellas bases a lo largo de sus 156 minutos. En este sentido es uno de los films más hitchcockeanos de la década. En cuanto thriller, está atravesado por la presunción de que, en cualquier momento, algo terrible le sucederá a Bill Harford (Tom Cruise), ese médico que goza de inmejorable reputación y habita un lujoso piso frente al Central Park junto a su bella esposa Alice (Nicole Kidman) y la hija de ambos. Ese hombre, que semeja al arquetipo del que "lo tiene todo para ser feliz", pondrá proa hacia una pesadilla. Un virtual ejército de beldades desvestidas (empezando por la propia Kidman, que abre el film como Dios la trajo al mundo) acompasa cada tramo del relato. Pero no son las piezas de un erotismo convencional, sino el vehículo de algo muy parecido a la negación del sexo: la imposibilidad de consumar.
El film está prolijamente vertebrado por secuencias largas, asfixiantes. La primera transcurre en la opulenta fiesta dada por Victor Ziegler (Sidney Pollack), un "amigo" de los Harford. "¿Por qué nos sigue invitando todos los años?", se preguntan ellos. La amistad -esta amistad- también cae bajo el manto de sospecha que este Kubrick póstumo, en más de un sentido terminal, tiende sobre cada una de las relaciones sociales. Un galán maduro y atildado, que se dice húngaro, bailará con Alice mientras un par de lolitas escolta a su marido. La puesta en escena de esta secuencia es tan intensa, tan vibrante, que Kubrick debería recordarse junto a los más grandes directores de fiestas de la historia (pienso en Federico Fellini y Francis Ford Coppola). El húngaro y las muchachas quieren consumar con los protagonistas, claro. Pero no lo harán. Ella cree hechizarse bajo el falso encanto de aquel hombre, pero se contendrá esgrimiendo ridículamente su alianza matrimonial. El sucumbe muy gustoso a esa suerte de histeriqueo estereofónico. Pero otra chica, a punto de morir por sobredosis, requerirá de sus servicios médicos en el momento menos esperado.
Todo, o casi, sucede en una noche. Y si el timing de la maratón evoca la vorágine de Después de hora (Martin Scorsese, 1985), el deseo insatisfecho de Bill remite a aquel conglomerado de aristócratas que no conseguían cenar en El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel, 1972). Harford quiere –no cenar, por cierto– pero no puede. La pregunta es... ¿realmente quiere? Y no lo abarca solamente a él. Lo esencial, en todo caso, es que el interrogante se abre paso intensa, poderosamente a lo largo del relato.