Todo comienza con un estúpido accidente en el baño de una pulcra estación de servicio. Con esa fracción de segundo alcanza para que el micro que llevaba a Rosalba -monumento a la torpeza hogareña- la abandone a un costado del camino, mientras sus hijos y su marido siguen viaje.
Cansada de esperar que la vengan a buscar, Rosalba decide regresar por sus propios medios, haciendo dedo y confiando en la bondad de los conductores. Sin meditarlo mucho tiempo, nuestra heroína esquiva un cruce de ruta fundamental -que la hubiese alcanzado a su dulce hogar- y llega a la dorada Venecia.
En la ciudad bañada por las aguas consigue trabajo con un anciano florista anarquista, se aloja en el departamento de un misterioso camarero islandés (Bruno Ganz, más viejo, gordo y pelado que en Las alas del deseo), se hace cómplice de una insospechada vecina que trabaja como masajista holística y se reencuentra con una de sus tantas pasiones dormidas: la música... y esto es tan sólo el comienzo.
No hay una explicación lógica a lo largo del metraje sobre el título del film, pero seguramente alude a las cosas sencillas y placenteras que nos rodean y que nunca nos tomamos el tiempo para disfrutar. Rosalba (Licia Maglietta) no escapa de una familia abusiva, simplemente escapa de la rutina. No abandona a sus hijos y su marido por sentirse mal con ellos, sino por el hecho de probar otro modo de vida y no quedarse con las ganas. Para no convertirse en una hipócrita que anhela oportunidades, pero que no es capaz de aprovecharlas cuando se le presentan.
Ella no es una mujer en crisis, ni tampoco padece a un marido golpeador: él es simplemente un cabrón común y corriente. Un mediocre entre tantos, capaz de engañarla con una amante horriblemente quejosa.
Lo que podría haber sido un film grotesco, grosero y costumbrista, pasa rápidamente al mundo de la comedia ligera. Que entre muchas virtudes tiene la de mostrarnos una Venecia oculta a los ojos turísticos, lejos de sus plazas superpobladas de personas y palomas. Bajo la mirada de Rosalba, la ciudad se transforma en callejones silenciosos, donde apenas se filtra el agua y el tiempo transcurre diáfano.