Y Woody Allen lo hizo otra vez. Cada nuevo emprendimiento del neoyorquino viene a reconfirmar su inagotable talento en lo que respecta a la construcción cinematográfica. Vicky Cristina Barcelona (2008) constituye un quiebre en relación a la anterior "trilogía criminal británica", compuesta por Match Point (2005), Scoop (2006) y El Sueño de Cassandra (Cassandra's Dream, 2007). Mientras que antes contábamos con historias centradas en antagonismos sociales o directamente en las miserias de las clases altas, ahora disfrutamos de un relato sofisticado de índole existencial sobre entrecruzamientos románticos, ideologías incompatibles y círculos viciosos psicológicos que parecen estar condenados a repetirse hasta el infinito. Con referencias implícitas a sus trabajos de fines de los setenta, el director vuelve a poner el ojo en la burguesía artística- intelectual para en este caso trasladarla a España y desmenuzar sus tristes hipocresías y callejones sin salida.
Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson) son dos buenas amigas con personalidades un tanto discordantes. La primera es conservadora y práctica, la segunda impulsiva y ambivalente. Vicky está a punto de casarse con Doug (Chris Messina), un ejecutivo adinerado y bastante aburrido que le garantiza una vida ideal. Cristina acaba de separarse y se siente muy insegura en cuanto a su futuro. Ambas visitan Barcelona durante el verano hospedándose en la casa de un pariente lejano de Vicky, Judy Nash (Patricia Clarkson). La rutina turística desaparece cuando conocen al pintor Juan Antonio Gonzalo (Javier Bardem), quien las seduce y convence de pasar un fin de semana en Oviedo. Allí les contará acerca de su ex esposa, la extremadamente pasional María Elena (Penélope Cruz).