Duración: 140 min.
Género:Bélica
Dirección: Clint Eastwood
Intérpretes: Ken Watanabe, Kazunari Ninomiya, Takashi Yamaguchi, Ryo Kaze, Takuni Bando
Por fin podemos confirmar un secreto a voces que circulaba desde hacía tiempo
entre la fauna y la flora cinematográfica: Cartas de Iwo Jima (Letters from
Iwo Jima, 2006) es holgadamente superior a su hermana gemela La conquista del
honor (Flags of Our Fathers, 2006). Aunque ambas fueron dirigidas por el genial
Clint Eastwood y se centran en el mismo enfrentamiento bélico, la batalla de
Iwo Jima (ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial, entre febrero y marzo
de 1945), las diferencias saltan a la vista no solo al considerar las
características contrastantes de las culturas involucradas. Mientras que Cartas
de Iwo Jima retrata el bando japonés y construye un exhaustivo análisis del
honor llevado hasta el extremo, La conquista del honor da cuenta del bando
estadounidense, llevando a cabo una triste y paralizante defensa de una
difusa “causa norteamericana”. Si en la primera encontramos un humanismo
melancólico de resonancias universales, en la segunda se siente la incomoda
presencia de un chauvinismo oportunista.
Las tropas japonesas se ven obligadas a defender la isla volcánica de Iwo Jima
cuando los norteamericanos zarpan hacia el combate con el fin de instalar allí
una base aeronaval desde la cual atacar y finalmente invadir Japón. Cartas de
Iwo Jima narra dos historias en forma paralela. Por un lado están los
conflictos que se generan entre los oficiales japoneses por la designación
del General Tadamichi Kuribayashi (un excelente Ken Watanabe) como comandante
de la isla. Los choques se producen por las poco tradicionales decisiones
logísticas del General, novedosas para la época, en lo que hace a la defensa
del lugar. Específicamente, la construcción de túneles a lo largo del Monte
Suribachi y la orden dirigida a sus subordinados de no autoinmolarse cuando
se considere perdido o no alcanzado el objetivo bélico prefijado. Por el
otro lado tenemos las penurias que deben atravesar los soldados japoneses
a raíz de las enfermedades, las inclemencias del tiempo, la escasez
general, sus propios superiores inmediatos y los enemigos norteamericanos.
Todo esto haciendo eje en el pobre Saigo (Kazunari Ninomiya), un panadero
convertido por la fuerza en soldado y obligado a abandonar a su familia.
Ambos hombres se irán encontrando en diferentes ocasiones a lo largo de
esta pesadilla carente de sentido llamada guerra.
El film incorpora un puñado reducido de flashbacks para reseñar furtivamente
el pasado de los protagonistas y de algunos de sus compañeros, siempre en los
momentos en los que los personajes recuerdan o escriben cartas a sus seres
queridos. Si La conquista del honor era un constante ir y venir temporal que
terminaba cansando y confundiendo al espectador, aquí la estructura narrativa
resulta ser más clásica y al mismo tiempo más efectiva, ofreciendo detalles
precisos que pintan de lleno la tragedia devastadora en la que están
inmersos los personajes. La correspondencia entre las trincheras y el hogar
constituye una antología de instantes decisivos, algunos tan azarosos como
la misma muerte. Menos ambiciosa formalmente pero más coherente, conmovedora,
meticulosa y bella, Cartas de Iwo Jima se diferencia de La conquista...
también por un mejor trabajo actoral, en el que descollan los dos
protagonistas principales, Ken Watanabe y Kazunari Ninomiya. Tanto la
música como los silencios vuelven a ser ingredientes fundamentales en la
construcción de estas vidas arrastradas hacia el abismo bélico.
Mucho menos discursiva que su antecesora, Cartas de Iwo Jima es más oscura,
reflexiva e indirecta. Desarrolla un análisis de la manipulación psicológica que
remite tanto a la vida interna de los personajes como a la influencia
propagandística externa, ya sea del gobierno central y/ o de los medios masivos
de comunicación. En esto juega un papel primordial la concepción japonesa del
honor y los destructivos mecanismos para salvaguardarlo frente a la mínima
posibilidad de una derrota ante el enemigo. En la película apreciamos la
verborragia japonesa en relación al honor de pertenecer a una nación con
vocación imperial, vemos los suicidios de estos kamikazes morales que
prefieren la aniquilación antes que la captura, y escuchamos las ordenes
de los oficiales para con sus subordinados, eso de que “ni se les ocurra
volver”. ¿Que es lo que implica todo esto? La muerte es una imposición que
se presenta como incuestionable, es el único regreso posible para los
soldados, el único camino que los devolverá a su familia y amigos. Sin
detenerse más de lo necesario en la madre patria ni en continuos
enfrentamientos con el bando opuesto, Cartas de Iwo Jima aporta dosis
justas de sangrientas escaramuzas y recuerdos melancólicos de un pasado
irrecuperable.
Clint Eastwood no solo se supera a si mismo sino que también redondea uno de los
mejores films bélicos de las ultimas décadas, una verdadera joya cinematográfica
que eleva todavía más la estatura de este maestro de maestros. La película
viene a corroborar un hecho indudable: el realizador es un cineasta tradicional,
en todo el sentido de la palabra. Lo suyo no son los saltos temporales ni las
panorámicas corales, sino las viejas historias tradicionales de desesperanza
fantasmal. Como habitantes de un desierto inconmensurable o grupos étnicos
a punto de desaparecer, los personajes del director están a un paso del
vacío y solo saltan cuando el mismo despiadado mundo que los rodea, los
termina obligando a desaparecer de una vez y para siempre. Casi todos los
films de Eastwood son el “canto del cisne” de toda una legión de outsiders
que no encuentran su lugar, por lo que vagan en un entorno que ya no los
incluye ni los tiene como referentes validos. Tanto Saigo como Kuribayashi
tienen muy en claro la futilidad general del conflicto, la insensatez y
vacuidad de la guerra. La batalla los termina arrastrando hacia actos
terribles que no podrán olvidar jamás. Aquí desaparecen casi completamente
todas las referencias hacia “causas”, “móviles” o “motivos” por los que
la lucha “se explicaría”, o hasta se “justificaría”. La muerte, el temor
y el caos que circundan a estos pobres hombres no son solo reflejo de
su interior como entes condenados a matar o morir, también constituyen
la descomposición exacta de las decisiones tomadas por las respectivas
administraciones estatales, tanto la japonesa como la norteamericana.
Cartas de Iwo Jima nos devuelve la sagacidad narrativa, el
talento en la dirección de actores y el humanismo minimalista
de un genio del cine, el ecléctico y maravilloso Clint Eastwood.