Director: Christoffer Boe
Género:Romántica
Intérpretes: Nikolaj Lie Kass, Maria Bonnevie,
Krister Henriksson, Nicolas Bro, Peter Steen, Ida Dwinger, Malene
Schwartz.
Premiado en el último festival de Cannes con la Golden Camera (una
distinción menor, pero que ante la floja compencia oficial atrajo
mucha atención), Christoffer Boe debuta como director con una
historia de amor esquiva, confusa pero fascinante entre Alex
(Nikolaj Lie Kaas), un joven danés, y una muchacha sueca con un
extraño parecido a su novia (Maria Bonnevie), que se encuentran y
desencuentran a lo largo de veinticuatro horas en Copenhague.
Una voz al principio nos advierte: “Recuerde, es todo una película.
Todo una construcción. Pero aun así duele.” De esta forma, Boe
abreva en la extraña fascinación que siempre provocan las (buenas)
historias de amor, captura la magia de los momentos compartidos con
otra persona, más allá de que sepamos que nada es eterno y que, una
vez consumado el amor, este tiende a desvanecerse en el pasado. Así,
la belleza de la fotografía, las interpretaciones y los diálogos
hacen a un todo embriagante que redondea una de las mejores óperas
primas del flamante siglo XXI (por lo menos de las que han tenido
estreno comercial por estas latitudes).
La confusa estructura narrativa y algunas derivaciones kafkianas del
argumento acentúan el tono de ese sueño-pesadilla en el que se ve
inmerso el protagonista, que por un lado no puede confirmar si sus
encuentros con la chica son reales, y cuyos amigos y familiares, a
partir de esos encuentros... dicen desconocerlo. No hay muchas
referencias a la hora de rastrear las fuentes de inspiración de Boe,
y esto confirma la originalidad de su trabajo y la frescura de su
propuesta. Que, por cierto, está bastante más cerca de la
sensibilidad francesa de un Godard, Truffaut, y hasta Lelouch, que
de sus compatriotas partidarios (o ex partidarios) del Dogma 95,
como Von Trier o Vintenberg.
Si ciertos arreglos formales (como el grano muy marcado en la
fotografía, los mapas de satélite que marcan la ubicación de los
personajes y la escena de sexo con imágenes congeladas y muy
luminosas) no estropean el tono de la historia, momentos como el
primer encuentro en la gélida y futurista estación de subtes y la
caminata final hacia la estación de tren resultan de pura emoción. Y
es que Alex, como el Henry Miller de “Trópico de Capricornio”, sólo
quiere conocer –aunque sea por una noche– el placer del amor total y
absoluto, y poder marcharse al día siguiente sin mirar atrás...
aunque sea a través de una reconstrucción.
En definitiva, un paso adelante en la cinematografía nórdica que
esta vez deja a un lado dogmatismos dudosos y pedanterías varias, y
se dedica a cultivar, y a hacer disfrutar, el placer de las imágenes
y las historias.